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Proyecto V

La fundación Start informa que da por concluido el proyecto Venus (también conocido como proyectoV) luego de más de seis años de múltiples y fructíferas actividades.

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"La vida en el Tupperware" E-mail
Friday, 04 August 2006, por Leonardo Sai
Anímal ama las manualidades, los simpsons; recorre Cabildo, un cana por esquina de restaurante. Vuelve a casa. Dicen que los medios masivos como proyectovenus están hablando de él. Otra vez le pifian.


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“La vida en el Tupperware”

Por Leonardo Sai.

 

“Si el relato de esta historia pudiese volver a los unos más justos y más sensatas a las otras, no lamentaríamos la tarea que emprendimos para transmitir a la posteridad un acontecimiento que fue atroz pero que entonces habría servido para mejorar a los hombres”

 “Los crímenes del Amor”.

Marqués de Sade.

 

Hay un capítulo de “los simpsons” maravilloso.  No es el único, por supuesto.  Siempre tenemos algún capítulo en nuestra conciencia-registro. “Los simpsons” están milimétricamente pensados. Se respetan cada una de las singularidades psicológicas de los personajes: han socavado el orgullo en la clase media norteamericana.  Los “especiales de noche de brujas” son mis platos preferidos: la cuestión discurre sobre pesadillas, deseos de simpsons.  Bart, perverso, sueña todo bajo su control. Quiere manejar el autobús de la escuela, convertir al gato en dragón + cortina y su padre deviene caja de payaso, una cabeza en un resorte.  Van a un psicoanalista.  Complejo paterno” dicta el galileo del inconsciente.  Homero comienza a compartir tiempo con Bart, le demuestra cariño y Bart ¡comienza a amarlo! Entonces, el Amo del universo despierta asustado.  Homero sueña que esta durmiendo en el laburo.  Burns mira por cámara como el proletariado le succiona la sangre.  Despide a Homero: “Homero... Homero... ¡despiértese Homero! ¡Queda usted despedido por dormir en hora de trabajo”.  Homero agarra el Clarín: una changa de cavador de tumbas.  Se queda dormido cavando una tumba.  Burns, como salido de un cuento de Lovecraft, busca cadáveres calientes. Se llevan a Homer en una bolsa.  Laboratorio. Serruchan el cráneo del gordo, sacan su jugoso cerebro y arman un robot hiper-productivo.  El sueño de la Pyme argentina, de la fábrica familiar, es cumplido... pero es un cerebro de Homero: el robot quiere sus donuts.  El trabajo bio-político se desploma en el cuerpo de Burns y nuestro pobre Homero amanece junto a la cabeza de su Jefe.  Lisa.  La pesadilla de Lisa es la del idealista.  Hay una mano de mono que cumple deseos.  Lisa pide “la  paz mundial”.  La mano de mono concede.  Lisa Simpson es como Santiago Kovadloff.  Todos cantan, felices, destruyen las armas.  Unos extraterrestres miran el globo.  Invaden y someten a la humanidad con palos y gomeras.  Lisa se despierta alarmada: no existe sociedad sin conflicto.  Corre a dormir junto a su hermano.  La pesadilla de Lisa Simpson es la certeza que recorre como fantasma las calles de Buenos Aires: a más mano dura y sistema de seguridad privada, más chumbos, a más mano brava, más gatillo fácil = más muerte de inocentes y reforzamiento de la sed de venganza, revancha, en las villas, a más marchas con velas y bandera de paz social: más lisas simpsons correrán a cubrirse la cabeza con sábanas.

 

La cuestión de la inseguridad social no es ni mediática, ni moral, ni psicológica sino económico-política.  No existe sociedad sin agresividad.  La agresividad, hasta hoy, es una característica del ser humano.  Concebir una sociedad sin conflictos, sin la resolución de conflictos por vía violenta implica, necesariamente, que el ser humano trasmute en algo distinto a lo que es hoy.  Los fenómenos sociales que potencian la violencia existen.  Estos fenómenos en sí mismos no potencian la violencia criminal: existen sociedad muy pobres con baja criminalidad. En determinadas circunstancias sí lo hacen: cuando el animal humano se ve privado de un proyecto de vida, cuando no puede construir su propia existencia.  El excluido sobra, y no sobra.  Sin proyectos, no hay identidades.  La cuestión es que las diversas formas de la exclusión, de alguna manera efectiva, definen identidades.  El ser humano asume siempre proyectos.  La literatura sociológica los clasifica con el nombre de la cumbia: Pibes Chorros, los trainspotting de la ferretería bonaerense.

 

El “meter bala a los delincuentes” tiene una historia y un anclaje jurídico como respuesta a una problemática que para algunos es la presencia de parásitos sociales, reclaman una encarnación, un nuevo cuerpo para Cesáreo Lombrosso.  Donde la violencia es absoluta no solo callan las leyes sino que todo guarda silencio.  La criminología positivista-naturalista no tuvo por objeto el delito considerado como concepto jurídico sino al delincuente como individuo diverso clínicamente observable.  De este discurso quedan resabios, es decir, Actitudes.  Y estas Actitudes construyen el discurso amorfo que se resume en la frase “Mano Dura”.  La mano dura es el rechazo de la concepción de la seguridad como sistema en el cual legislación penal y procesal, política penitenciaria, prevención del delito, participación ciudadana, capacitación y equipamiento de las fuerzas de seguridad interactúan, interrelacionan, comunican conocimientos, prácticas e información.  La instancia judicial esta sometida al poder no judicial del sistema penal.  Solo en y desde el aparato judicial se puede restar poder a las restantes instancias.  El legislador hasta hoy alucina, es decir, no produce seguridad jurídica: al dato de la realidad le opone medidas balanceadas según costos políticos y mediática, porque busca suprimir de un plumazo la evidencia de su funcionamiento sistémico: Seducir al turista o a quien compra su parcela en el barrio privado, es retirarle lo feo.  Es la vida en el tupperware, el verde verde del parque resguardado.

 

Cualquier tecnología de reforma pierde sentido en la realidad social: afuera de la cárcel ¿qué hay para el ex recluso? ¿Trabajo? ¿Ejército? ¿Policía privada? No tiene sentido pensar en abolicionismo.  Ni siquiera Blumberg pide Mano dura, no hace falta, con los trabajadores sobran deseos de dinamitar las villas. Dinamitadas, el salario poco a poco se volvería más caro, mucho más caro.  La maquinaria de despidos se activaría, y los nuevos pobres montarían, tarde o temprano, nuevas villas miserias. El no-análisis social, criminológico, político e incluso económico de las consecuencias de tales discursos y prácticas es uno de los hechos políticos más importantes de la Argentina de estos últimos tiempos.  No se trata simplemente de sospechar que las masas son fascistas en sus deseos.  Cada vez que se sacrifica al hombre como medio para realizar un fin se obliga a la sociedad a retroceder a grados de civilización anteriores, la humanidad misma se ennegrece: se vuelve tristeza diseminada.

 

¿Guerra de Countries contra Villas?  Ambos no se atacan directamente.  Lo hacen de modo indirecto y sobre el espacio que  co-existe entre ellos: ni siquiera es la “clase media”.  Si el villero detecta algo “del country” en un sujeto x, lo monitorea como “cheto”, es decir, un peinado, una marca, colegio privado, Raza.  Si la garita del country detecta un sujeto x con gorra, un mestizo en bicicleta, hay intervención de las seguridades privadas.  Esto se llama paranoia social.  La voluntad se inventa un motivo y lo llama Robo.  El robo es una excusa.  En las villas existe un placer asesino ligado, por ejemplo, a la muerte de un policía.  Y los medios celebran el festejo de la muerte violenta.  El que sufre quiere hacer sufrir. El castigo supone preservar de un daño futuro— intimida—dicen.  Aquí la sociedad castiga en pos de su conservación.  En los tribunales se organiza jurídicamente la venganza y se trata de reestablecer un estado de cosas.  La sociedad busca una reparación como violenta réplica asegurada por la debilidad del acusado.  Esta venganza por reparación da cuenta de que quien causó el daño no temía hacerlo, entonces, ahora nosotros tampoco.  El castigo es odio por miedo y ausencia de miedo—ambos asociados a la venganza.  Estos elementos diferentes del odio contribuyen a mantener una confusión de ideas en virtud de la cual el individuo que se venga no sabe generalmente lo que quiere.  El castigo devuelve un mal con otro.  El círculo lejos de cerrarse sobre sí se disemina: La Anomia existe, astutamente utilizada, constituye el Gobierno que nos domina.

 

La izquierda deslegitima el derecho penal.  El taxista, la panadera, el estudiante de medicina, el operario, el colectivero y la prostituta ya no sienten compasión ni comprensión ni nada después de afanos reiterados. Les quitan lo poco que han obtenido en más de 10 horas de trabajo por día.  Sienten que lo hacen no tiene valor alguno porque el fruto de su esfuerzo se vuelve inestable en el monoblock o barrio donde habitan.  ¿Quién los protege?  Miran el pasado y recuerdan otros paisajes.  Quieren estar tranquilos cuando sus hijos vuelven del trabajo o de estudiar; disfrutar sus posesiones sin miedo; pasear con sus novias sin tener que morir de un tiro; salir de sus casas sin tener que ver una pandilla mezclando lavandina con cerveza vigilando cada uno de sus movimientos: entradas, salidas, día y noche.  La izquierda considera que tienen que pagar el precio de su voto electrodoméstico.  Entonces, como en un coro de ángeles, en bloque le responden: “con los militares estábamos mejor  Los vuelven a desaparecer. Son incapaces de dialogo. El fascismo deseante de izquierda pretende que entiendan que si mueren de un tiro es porque 30 años atrás sus padres no hicieron nada para que esto sea distinto, colaboraron con un modelo de país y ellos les recuerdan su castigo: ¿dónde estaba tu papá?  Del otro lado se dice que no tuvieron nada que ver ni con Videla, Massera, Perón con Isabel, López Rega, Menem, De la Rúa, Duhualde.  Son extraterrestres que cayeron para hacernos el Mal.  La izquierda no sabe que hacer con la cuestión de la seguridad y se la regala en bandeja a la derecha.  La derecha —a su vez intranquila— aprovecha la situación para considerar una población que esencializan, más o menos, como animales irrecuperables.  Creen que con un torniquete la sangre no se derramará cuando el cuerpo revienta por dentro.  Ruckauf consiguió pronunciar los disparates que dijo –y antes también— siendo gobernador porque era la posibilidad directa de unir su pasado político (gobierno de Isabel y la Triple A, firma del decreto que a las fuerzas armadas otorgó argumentos para planear y ejecutar la matanza, protección de Massera mientras sus conocidos eran torturados)  con el clima de inseguridad montado para hacer no solo mediático el discurso de mano dura sino para a través de sus criterios morales dividir la sociedad entre gente buena y fieras, entre humanos y mamíferos.

 

Por la tele, el dolor se desparrama y afirma “poblaciones irrecuperables”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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