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Interpretaciòn en la sociologìa clàsica. E-mail
Tuesday, 24 October 2006, por Leonardo Sai
El desenmascaramiento es la tècnica de interpretaciòn que habita el suelo de la llamada Ilustraciòn. La sociologìa hecha clàsica se nutre en su tierra.


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El desenmascaramiento marxista: una antropología del trabajo.

 

Con toda la nobleza de una barba judía y una peluca de gravedad el desenmascaramiento marxista procede como crítica de la ideología, últimamente, enriquecida de refinamientos psicoanalíticos y gusto francés: siempre se trata de “la lucha”.  Hay que diseccionar la conciencia enferma, socioanalizar, psicoanalizar, diseccionar, ezquizoanalizar:  Setentismo psicobolche y vomito de ¡subjetividad! El marxismo solo puede vivir entre la pluralidad de interpretaciones despreciando y sometiendo al resto como “ideología burguesa”, o como apología del presente o Apocalipsis trágico. Vive bien si logra establecer el hábitat teórico  como jerarquía entre la teoría que desenmascara y el resto alucinatorio: el terreno de la batalla era la máscara de la seriedad científica y el argumento pleno de racionalidad.  Lo que la vivisección debía sacar a luz era la clase: el habitus de clase, los capitales, los enmascaramientos del propio poder. El freudomarxismo nos entiende mejor que lo que podemos pensar con nuestra propia mente: socavados psicológica, sociológica y políticamente, nos dice cuál es nuestro enemigo (afuera y adentro) nos entiende y comprende mejor que nosotros mismos. Es cierto que el otro percibe a menudo cosas que se me escapan, lo cual, supone, el diálogo.  Pero aquí no se trata de diálogo sino de Síntoma: lo que digo es síntoma, de mi clase, de mi “enfermedad mental”, de mis privilegios, habitus, poderes, capitales, etc.  En Marx el animal humano es realismo político-económico basado en una antropología del trabajo: cualquier desenmascaramiento llega a la base de la economía política y al modo mediante el cual el trabajo modifica el entorno y a sí mismo como producción social históricamente determinada por fases, etapas, ciclos, modos.  Primeramente, como transformación de naturaleza en cultura mediante el trabajo.  El trabajo crea lenguaje: es trabajo sobre sí mismo, sobre el entorno, trabajo de la teoría: praxis del sujeto que en tanto totalidad se modifica a sí mismo y a los otros consumiendo, produciendo, distribuyendo, poder social.  Lo que choca la teoría es el mecanismo social de fondo de lo existente —allí una teoría de lo real: capitalista, proletario, pequeño burgués, lumpen, funcionario, profesional, peón teórico, galileo del inconsciente, trabajadores inmateriales, supermillonarios, son fenómenos de expresión necesariamente engañados del proceso del Capital.  Sin entender la gramática del proceso del Capital somos títeres de la danza social, es el baile de la estructura.  La mirada marxista inventa entonces la lógica de la historia: las formas del trabajo en la historia, las relaciones de producción, las modificaciones de éstas relaciones: la transformación misma de la concepción del mundo.  Antropología del trabajo porque el trabajo no es Empleo, sino Praxis: la teoría aparece como teoría pura porque la práctica está en otro lado, porque está “escindida” y Platón no ve una mujer, sino la mujer universal abstracta: su República es un éter que se corrompe, la pureza ensuciada, el esclavo y la verdad de la pirámide del filósofo-rey. Para el marxismo lo que está en la cabeza de los animales humanos, con aquello que tienen sexo y sienten placer, no es otra cosa que procesos sociales, una economía del trabajo integral social y libidinal: hacemos el amor en ocasión del otro con procesos económicos, políticos, sociales.  El marxismo, es claro, no siente respeto alguno por lo que dicen los individuos en tanto tales: importa lo que se enmascara como síntoma.  Y si el trabajo del animal humano no es trabajo de sí sobre sí sino enajenado en la organización capitalista de clase la bestia enferma es bestia delirante de sus condiciones de vida y alucina: no es libre, no gana lo que dice su salario, ni lo que dice ganar, no es lo que dice ser, su interpretación es falsa conciencia, ideología hegemonía, habitus, y cientos de conceptos parecidos, es decir, son interpretaciones débiles, son delirios.  El marxismo entonces despliega todo su poder, cepilla desde su óptica a rival que se le presente  porque cuenta con una teoría de lo real: el trabajo es una relación basíca, elemental, real, ya no con un orden simbólico dado sino con la vida misma.  Y el trabajo es la posibilidad misma de la interpretación de sí sobre sí en el proceso de producción social de realidad.  Se trata de la energía del trabajador, de su deseo, de su fuerza. El Capital captura a los individuos en su bruma, donde la mercancía son dioses, las mesas bailan, y el ser social no se presenta sino que se re-presenta como Máscara: el trabajador libre y formal es más esclavo que el esclavo, el capitalista humanista, ecologista y vegetariano enmascara individualmente la inhumanidad social que le permite calidades de vida.  ¿Cuál es entonces el trabajo de sí sobre sí? Que el proletario sea Amo de sí, es decir, fabricarse una conciencia revolucionaria.  Hay que re-organizarse como Hombre nuevo, conciente de clase, revolucionario y marxista.  La plusvalía nos pertenece.  Sociedad sin clases.  Autoapropiación de la fuerza.  Ilustrarse en el marxismo es valorar desde una distancia correcta, esto es, la crítica permanente de la vida social.  ¿Y cuál es el trabajo esencial de esta crítica sino los fantasmas que oprimen la cabeza de los vivos cuando éstos se disponen a revolucionarse?  ¿Trabajo de la crítica sobre qué? Sobre la derrota.

 

Si se trata de construir lo secreto: debajo del marxismo revolucionario las fuerzas que lo ponen a teorizar no son las de la “revolución permanente” sino las del Quejido Permanente. No son la crítica radical sino la impaciencia extrema.  No aceptan cambiar algo en la sociedad: quiere cambiar todo de golpe, es decir, no cambiar absolutamente nada. Son profetas de lo absoluto por venir, como superhombres o como hombres nuevos, maldicen, en su intimidad, al hombre común, ese consumidor filisteo.  El marxista forma parte de la orden del absoluto. Es, fue, y seguirá siendo, un sacerdocio laicizado de quienes corrigen e increpan lo existente en nombre del advenimiento de lo más y mejor. 

Durkheim: la técnica religiosa como desenmascaramiento de lo social.

 

Emilio de Ipola en su introducción a “las reglas del método sociológico” (Editorial Gorla) afirma que Durkheim se centra en lo sedimentado, en las articulaciones, hibridaciones, entre hechos que son resultado o producto de un proceso previo y no en este proceso mismo de producción: Durkheim es pura superficie y la sociología durkhemiana es una sociología superficial; ambos encubren la fuerza bajo revestimientos imaginarios; la noción misma de Institución neutraliza las relaciones de fuerza, diseminadas y específicas, bajo el concepto general y abstracto de coerciones morales y regularidades institucionales.  En la sociedad de Durkheim no hay conflictos sino subsiguientes re-ordenamientos homeostáticos como masa imaginaria revestida por la nostalgia de la vida grupal, la inherente fobia al individualismo, la subsiguiente ilusión de todo orgánico funcional solidaridario y profesional: el reino de la clase media representado en un Estado pastoral lleno de científicos sociales que resuelven, en tanto médicos, los conflictos siempre necesarios para el re-establecimiento de la moralidad colectiva, el lazo social y la fe en el porvenir de la razón.  El conflicto no es aquí inmanente a lo social: lo social es una fuerza que mueve en el mismo sentido, cada uno es arrastrado por todos, los moldes donde vaciamos nuestras acciones no responden a intereses concretos sino que son lo social mismo, la naturaleza de lo social, no hay ningún “quién” debajo de las formas jurídicas, morales, populares sino objetos fijos, con regularidades, llenos de representaciones: si lo que sucede en las representaciones colectivas como general también lo fue en el pasado hay cierta normalidad; Si en cambio si existen tales representaciones pero sus condiciones han cambiado el fenómeno es mórbido, esto es, hay una representación de un objeto inexistente.  Es lo que se llama Delirio.  Sucede que en el Durkheim de “las reglas...” hay algo debajo del fantasma, algo real, algo que debe ser tratado como cosa.  Es esto lo que, a mi entender, cambia en la óptica del último Durkheim: todo es representaciones colectivas objetivizadas, subjetividades condensadas —lo que Foucault llama objetivación del sujeto y en Hegel dialéctica del yo y el deseo— mezclas, por detrás, por adelante y por el medio: sedimentos de representaciones, sedimentos de interpretaciones, sistemas de signos tras sistemas de signos: infinito de lenguaje, el desenvolvimiento de lo social = lo real existe (aunque es imposible y, justo por ello, todo lo posible: es virtual) y es capturado por piezas, es lo que hace que insista, y las piezas se caigan, por otras nuevas, triunfantes e impermanentes. Y Durkheim parece incluso escribir el 18 brumario con esta frase, en sus reglas metodológicas:  No queremos decir que las tendencias, las necesidades, y los deseos de los hombres no intervengan de modo activo en la evolución social;; por el contrario, es cierto que les es posible, según el modo en el que actúen sobre las condiciones de las que depende un hecho, acelerar, o retrasar su desarrollo.  Sólo que además no pueden, en ningún caso, crear algo de la nada...”  Aquí se anticipa Durkheim a sí mismo en sus conclusiones de las formas elementales de la vida religiosa: No existe traducción exterior que sería material y objetiva escindida del sistema de representaciones y creencias: ambas van de la mano sin fundirse sino como banda de Moebius: el culto es ese sistema de signos que se crea y recrea a través de prácticas específicas.  ¿Qué es lo que afirma Durkheim cuando señala que la sociedad es el alma de la religión? Los sentimientos colectivos se fijan sobre objetos exteriores para tomar conciencia de sí.  La sociedad tal como existe y funciona ante nuestros ojos, con su organización moral, jurídica, cultural y política forjada en la historia, es una envoltura exterior bajo la cual se disimulan operaciones mentales: lo social se produce con la técnica religiosa.  La “cosa” envestida por una energía religiosa para hacer de ella un objeto sagrado es lo que Marx llama Trabajo, es lo que el romanticismo entiende como Arte: modificación de la carga interpretativa que ese objeto asumía, trabajo de lo social como técnica religiosa, creación de un mundo pleno de sentido, dice Durkheim, es también el trabajo de lo social como técnica lógica, es decir, como creación de concepto.  El trabajo humano enviste con nuevas interpretaciones: una nueva captura conceptual del objeto —el objeto es ya interpretación— siendo esas sucesivas capturas conceptuales la historia del objeto mismo como relaciones de fuerza que se pugnan el sentido y el valor: la dirección de lo existente.  Una sociedad está hecha de representaciones quiere decir una sociedad está hecha de conceptos: de lo que es la vida, la muerte, la salud, la inteligencia, el dolor, el bienestar: estos conceptos son materialidades, son instituciones, y la puesta en marcha de su creación son batallas de poder, relaciones de fuerza por producir el sentido.  El sistema de conceptos con el que pensamos nos interpreta.  Finalmente, para Durkheim como para Nietzsche, el trabajo de sí sobre sí entendido como ejercicio de libertad no puede ser otra cosa que un acto violento dirigido contra la manera de pensar instituida.  Durkheim llama a la tecnología de sí sobre sí con una bella palabra casi industrial: Innovación.  Modificar el concepto es alterar las representaciones colectivas: esto es, para Max Weber, el trabajo del Carismático.

 

Weber: El desenmascaramiento de la técnica.

 

El carismático es un cuerpo político.  Trabaja en sí mismo la masa imaginaria colectiva como seducción y secreto.  El carismático posee “algo” que el resto carece; ejerce poder mediante un saber que le es propio: y Secreto.  Es el núcleo de su autoridad y distancia respecto de las masas.  Eso que oculta y aparece como “mágico” o “natural” o como “don” es lo que Bourdieu describe como Capital Cultural: algo aparece, algo se calla: se dice y se disfraza.  Es la danza social de las recíprocas ocultaciones de la voluntad de poder.  El carismático es capaz de producir esa creencia de un plus sobrehumano del que el resto de los animales humanos está privado. Él mismo es el “nuevo” orden simbólico a advenir; Es la Ley.  Por encima de todos, nada y nadie lo toca, la ley no lo alcanza: crea sus propias reglas, subvierte el orden, inventor de sentidos y valores.  Pervierte el orden social.  Es el Pastor de Nietzsche: guía de rebaños.  Creemos que no se trata tanto del humano del cual el carisma emana como manantial de “no sé que tiene pero fascina”: se trata del modo en que el deseo colectivo enviste sobre la representación política en un momento determinado. En “La transformación anti autoritaria del carisma” (EyS. TomoI) Weber afirma que el carismático se debe a su reconocimiento y que el principio de legitimidad no es otra cosa que el bienestar de los dominados.  El carismático es un tipo a quien la cotidianeidad económica no subyuga, siente una misión, una predestinación, un llamado, no vacila al asumir el costo del poder: es lo antitético a un Chacho Álvarez.  El carisma no se trabaja para obtener un sueldo, prestigio; ni para hacer carrera: tiene que ver con el infinito al cual se apunta.  Dice Weber en “La dominación carismática y su transformación” (EyS TomoII) “El carisma conoce solamente determinaciones internas y límites propios  El carismático no es ningún efecto de estructura: es lo inasible de la misma que la provoca.  El apostolado de carismáticos está lleno de apartados del mundo: ejerce un estilo de vida, una forma de vida, singulares.  Sin embargo, no creemos que el carismático, es decir, el poder que encarna y representa, sea un poder que “el demagogo” crea de la nada: existía ya diseminado en el cuerpo social de la familia, la medicina, el ejército, la escuela, el trabajo.  El Sigfrido de Wagner no es una invención de la juventud hitleriana.  Cuando Weber analiza las formas de poder social se trata de distribuciones del mismo en estamentos, clases, partidos o el poder que se ejercería en virtud de la posesión de un objeto: el objeto-burocrático (Estado) en la dominación racional-legal o el objeto-sagrado (creencias) en la dominación tradicional. En la dominación carismática el carismático mismo es Poder.  ¿Por qué? Porque el carismático es quien es capaz de darle un sentido al sufrimiento, un “para esto del dolor”.  Al sinsentido del dolor, el ideal ascético ofreció un sentido que justificaba la condición del hombre domesticado, hastiado, cansado y su deseo de final.  El carismático no es el superhombre de Nietzsche: el superhombre es el Amo solitario que no necesita ninguna forma de reconocimiento.  El carismático es el Pastor, el sacerdote ascético, que Nietzsche describe en su “genealogía de la moral”; subversivo de valores y sentidos y esclavo de los otros; es el que “se debe a su público”: “... el poder de su desear es el grillete que aquí lo ata, justo con ello el sacerdote ascético se convierte en el instrumento cuya obligación a fin de crear condiciones más favorables para el ser-aquí y el ser-hombre, justo con este poder el sacerdote ascético mantiene sujeto a la existencia a todo el rebaño de los mal constituidos, destemplados, frustrados, lisiados, pacientes de sí de toda índole, yendo instintivamente delante de ellos como pastor...”  El sacerdote como el carismático presentan otro mundo, uno mejor y posible, del cual son enviados o visionarios, ejercen un gobierno sobre sí, un control sobre sí.  Es el budista que moja una toalla y medita en el frío del Himalaya, es el cristiano que lascera su cuerpo, es el marxista que se abstiene de falsas necesidades: muestran este mundo devaluado, por sus propias técnicas de alejamiento, corrimiento, crítica, represión. Quedamos impresionados por estas demostraciones de gobierno sobre sí, les creemos superioridad, devaluamos nuestro mundo, nuestra cotidianeidad se nos aparece como mediocridad barata, pura ilusión, velos del mundo superior: nos entregamos a un más allá al cual nos conducen, como ovejas.

 

Debajo de funcionarios disciplinados, debajo de todo el castillo técnico de burócratas del alma, la rueda infernal de la sociedad moderna esta vacía.  Weber encuentra en el carismático el poder de lo político mismo: la creación de sentido y valor.  En el desenmascaramiento weberiano, debajo y en el fondo, yace la fuerza, la pura fuerza de la interpretación: el lobo del hombre.

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