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Borges, el polemista, el estructuralista E-mail
Wednesday, 18 October 2006, por Leonardo Sai
Leer el martin fierro, Borges, el pensador en escena: el polemista, el estructuralista. Borges, y la cancha organizado bajo su dedo literario, su lengua de papel.


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Borges, el polemista, el estructuralista.

 

Rosas importa y ¿por qué importa hoy?  Rosas es la organización del poder desde el territorio, re-organiza el saqueo de la estructura anterior bajo la égida de Buenos Aires.  Destruyendo el poder político anterior, Rosas arma Buenos Aires como centralidad, como la ficha que aglutina en torno a sí la posibilidad misma del poder, este poder, que no es otra cosa que el territorio, su pelea, tenerlo, gobernarlo, como caudillo, contra otros caudillos, armar, finalmente, la República Gaucha Pampeana: el virreinato girará alrededor de Rosas o no habrá virreinato para nadie.  Mitre es lo mismo.  ¿Qué construye? Poseer los ríos Paraná, Río de la plata, lo que antes era el puerto.  ¿Por qué? El agua es el comercio mundial.  Y el comercio mundial es Ferrocarril hacia adentro del Territorio.  El mercado mundial incorpora un territorio a su bruma, falta el Sujeto.  Idea de la organización de la materia (economía) que en cierto grado de desarrollo produce Conciencia.  Materialismo organicista.  Ver.

 

Borges piensa ese Sujeto.  O Mentalidad.  Weber le dice Sentido.  Pensamos en términos de guerra de representaciones: las luchas de fuerzas por imponer el sentido de ese Territorio.  Borges entra en esa polémica, esto es, en el intento de torcer el sentido, una dirección, ya existente; presupone un sentido ya dado, sentido sin origen primero, o interpretación de otra de otra = infinito de los sistemas de signos o Lenguaje.

 

La polémica no nace de sí, nace de aquello no polémico que tampoco es un hecho: se trata de un problema que no es polémico, que es una pregunta sobre lo existente.  Hay que pensar el orden que ordena esto que existe.  Estas cosas a Borges le importan, no solo por metafísico sino por pasión literaria: las condiciones del orden que ordena el orden es la batalla que Borges dá en Martín Fierro. Detrás del relato, sin embargo, hay otro relato, también literario, no solo literario: se trata del Estado.  1er. punto a ver: Fierro es el envoltorio literario de un tipo de poder Estatal.

 

Por eso leer a Fierro, siempre en momentos de crisis, es un síntoma: el signo de que el Estado, como campo de fuerzas, está en juego.

 

El sistema de las crisis que pone a funcionar las re-lecturas de Fierro es también el sistema de crisis que el Estado afronta en su construcción de poder y dominio, organización, subjetividad, del territorio sobre el territorio.

 

No importan construcciones de continuidad del tipo “espíritu argentino que trasciende las formas políticas”  Estas construcciones de continuos son propias del pensamiento cristiano, del pensamiento de sustancias trascendentes; Nada de continuos, nada de espíritus, nada de “mentalidades”, menos “inconscientes sociales”.  Nada de metafísica social. 

 

Segundo.  No hay por un lado, instituciones que se las calificaría de débiles.  Y por el otro “el caudillo”.  Hay Caudillo y entonces Hay Institución: el poder es aquí personal, nace así, es así.  Pensar en una Institución pura, puramente conceptual, es de manual francés Montesquiev para entender lo que no existe: no hay división de poderes.  El Alma no sobrevive a la muerte del cuerpo: muere con él, es cuerpo.  Lo que resta son otros cuerpos, otras almas y su presente les pertenece, aunque, bajo el peso de los muertos.  La tensión de esto (lo muerto que no se interpreta sino que se dice y la posibilidad misma de hacer posible la interpretación (política) arma el género literario conocido como Historia Argentina.  Este género tiene una batalla y un efecto: la batalla es la memoria, el efecto el país pensado como totalidad y la decisión de una dirección elegida.

 

Derivación de lo anterior: el problema M. Fierro no es solo literario, pasa a ser un problema de la sociología del desarrollo, o sea, un marco teórico adecuado para un problema específico.  La Estancia Rosista es ahora la fábrica peronista.  Y el gaucho... es el no-ciudadano.  Y esto es lo que vuelve cuando Borges se inscribe dentro de esta guerra de representaciones: vuelve como Peón que quiere ser ciudadano, que logra serlo, peón que consume, que tiene gobierno, que tiene una estética, leída desde el libro, como estética de viejo vizcacha o Peronismo. 

 

Texto.

 

Primero.  Borges sabe que Fierro es un tedio, que se lee como tedio.  Trabaja con lo existente, quiere promover una lectura del texto, la suya.  En “la poesía gauchesca” traza la divisoria de aguas: nadie antecede a Hernández, salvo Lugones.  El resto es trizas, pegadas a la gloria de Fierro.  En “Hernández” importa cómo el repaso de su biografía dibuja un personaje: el denunciante de las injusticias y una metafísica del mal.  Dice que era federal, y no rosista.  En “El gaucho....” Hernández es el gaucho, lo encarna.  Para Borges, el gaucho no es la expresión de conflictos sociales, de desigualdades sociales, de pobreza.  En Borges el gaucho es un Buda solitario con caballo y guitarra que expone la visión cristiana del mundo; el conflicto se disuelve en una mezcla de metafísica errante, polémica literaria, alusiones amorosas, tristeza viciosa, meditación de soledad jodida, ilegalismos: el individuo en estas tierras no se identifica al Estado.  Esto para Borges no es signo de un problema político de fondo, menos económico.  Nada de eso.  Para él es el motivo de una inquisición en el alma humana del argentino jodido, bravo, cuchillero y matón.  Todo el texto construye esa crítica, esa distancia: ESA MORAL.  El Fierro de Borges es un texto Moral, la sublimación del gorilismo.  En “La vuelta...” Hernández es Hernández, Fierro es Fierro, y en el medio Borges dice que hay una vanidad: la del escritor que abusa del personaje.  Arremete contra la moral de viejo vizcacha, lo “desenmascara” como un viejo ruin; finalmente, comenta una payada metafísica, con el moreno, del cual se burla y levanta moralidades.  Hernández muestra de qué esta hecho y espera ser el espejo de lo evitable.

 

Al final, vemos el punto que le interesa a Borges.  Es una lucha de clasificaciones: epopeya, libro nacional, Lugones.  El libro de un país es un concepto que cierra cuando se logra la inscripción del poema en el género “Epico”.  Borges llama a esto “imaginaria necesidad”.  La patria no puede reducirse a ese borracho cuchillero.  ¿Vida del individuo o vida del pueblo argentino? ¿Fierro es liquidado por una nueva organización social o la nueva organización social enmascara el mismo Fierro bajo nuevos ropajes? 

 

Borges resignifica la palabra epopeya no como carga de valores, gloria de un pasado, sino en su acepción antigua: aquello que le pasó a tal hombre.  Individuo, no patria.  Lo único que queda del Fierro de Borges es respiración y entonación de versos.

 

Borges ha licuado Fierro como valor, y en sus valores, bajo la forma de lectura hedonista de un texto tedioso: nos deja una historia sin libro sagrado, una anécdota, de un hombre que respiraba poesía, y nada más que eso. 

 

Ahora se puede, entonces, re-escribir la historia bajo la inspiración de otro texto, esta vez, eso sí, de Caballeros.

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