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Atravesando todo límite: Mundial2006 E-mail
Monday, 10 July 2006, por Leonardo Sai
"Atravesando todo límite: Mundial 2006": disfrutemos un poco lo que nos queda de fútbol antes que los norcoreanos y la rubicunda fé de texas liquiden el planeta.

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Atravesando todo límite:

Mundial 2006.

Por Leonardo Sai. 

Y la luna parece transformarse en una pelota de fútbol...”

El Gráfico.  Ascenso de Racing.

1985. 

El mundial produjo su propia demanda.  Todo el mundo habló de él.  No se trata solo de una cuestión de marketing, tanques publicitarios y todas las formas sociológicamente teorizadas de la dominación vegetal registrada como televidente o consumidor.  Recuerdo ese texto de Emile Durkheim sobre el fenómeno religioso y la necesidad de aquello que flota entre los fragmentos, a veces celofán débil y otras veces cruel martillo: lo que llamamos Sociedad.  No sé de fútbol, no soy hincha.  Soy de Racing.  El último gol que grité fue del Toti Iglesias.  Creo que tenía 10 años.  Lo que devino luego, para mí, importaba menos.  Es difícil amar a tu equipo cuando juega durante años de modo defensivo, reactivo, esperando el cansancio, el sufrimiento del otro, para tener la pelota.  Racing es un equipo cristiano.  Cuando el mundo se desploma brilla, o sale campeón, en el medio del 2001.  Aporta su riqueza al fútbol internacional, vende bien, y pierde de local.  Ama esa ascesis, ese autoempobrecimiento, carga con su cruz, llena todo el estadio, más allá del bien y del mal, es decir, del resultadismo.  Mi Racing es el mis primos, el de mi viejo: una bandera desplegada con la H de Hermética.  Esa cancha, una hinchada stone, un aliento infernal e incansable: el sentimiento pese a todo.  Quiero decir algo sobre el mundial, este mundial, este espectáculo: Imagino a un tibetano frente a una tele vieja en un monasterio zen, un africano fatigando un rosario, un escocés sumergido en negra birra espumosa, un norteamericano cambiando de canal, los pechos saltarines de una brasilera alegre, un argentino explicandole a otro porque no aceptó ser técnico de la selección.  Son lugares comunes de nuestro sistema imaginario como el personaje conocido como “hincha” al cual la propaganda sabe producirle emociones, llanto, piel de gallina.  El fútbol es como las ciencias humanas. Todo el mundo ya sabe cómo es, como viene la mano con eso del inconsciente, la globalización, la inflación, el marketing, la legitimidad, el Poder.  Niembro cita a Napoleón en el medio del relato.  El hincha se siente inteligente y moral puteando a Niembro y a ese colorado no-me-acuerdo-el-nombre. Todos lo odian, todos miran su show.  Quienes critican a Niembro dicen tener la bandera del buen fútbol y recuerdan la tensión filosófica bilardismo-menotismo.  Hablan del Negocio, del Sucio Dinero, de la traición al hincha, de la estafa al sentimiento. Quieren juego limpio, otro fútbol: el fútbol que debe ser.  ¿Triunfo de la publicidad? Por supuesto.  Se supone que había un Maradona Brasilero en este mundial.  ¿Y? Mucho diente, diente limpio, resplandeciente, cuidado, brilloso en la oscuridad. Y nada más.  La selección fue derrotada.  Pienso en Maradona, en su fantasma, el peso de su marca, de su historia y de su juego.  En el fútbol, en el momento del juego crítico, se da lo que Weber llama Carisma: aparecer cuando todos se desploman.  Todos lo miran, ansiamos que le den el balón, le rezamos.  Recuerdo una final de los Chicago Bulls en 1993.  Jordan los tenía por todos lados, lo rodeaban, sujetaban, apresaban.  Se los saca de encima. Era mágico, convierte, ganan los Bulls: esos tantos en el pulsar final de una campana gloriosa.  La intensidad de su brillo queda en la memoria colectiva: todos quieren encarnar ese momento.  Maradona, Jordan, y demás glorias de “deportes en el recuerdo” no son ya seres humanos, ni símbolos.  Son zonas de intensidad del deseoHay equipos que funcionan a la espera del individual habilidoso, y el desesperado de Tevez haciendolo todo. Con tanto Huevo el segundo tiempo se parece a una eyaculación insípida, seca, a cuenta gotas.  Tevés representa nuestras ganas, nuestra risa, nuestra desesperación de ganar.  Es el cuerpo cicatrizado de nuestras asimetrías sociales.  Ayala patió con odio.  Se quedó caliente con Ballat que había pateado antes que él.  Junto a Zidane fueron los Orteguitas de este mundial.   

Un partido se gana también psicológicamente: Nietzsche lo designaba como Aristocrático. También se lo presenta como tradición futbolística.  Sin esa picardía, esa risa de Tevez, el juego deja de tener peso sobre la bandera y entonces se trata del espíritu nacional y de todos los aderezos de la acidez estomacal, la hipertensión y la bilis del alma.  Siempre se dan esos ingredientes. Ganan quienes saben pesarlos, es decir, interpretarlos, en el lugar correspondiente del escenario: la red.   Fue Argentina frente a Costa de Marfil.  Y, quizás, fue Alemania frente a nosotros.  Seguro que fue Zidane, el mejor del mundial, ese glorioso toro, contra todo Brasil junto.  

¡VIVA RIQUELME CARAJO!

Precio: 000 venus

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